La Carta del Grumete V: Del Stromboli al Etna

Día 12 – Hacia las fauces de Caribdis

Esta mañana dejábamos atrás las impresionantes costas del Faro del Mediterráneo, tras haber conquistado las laderas del volcán Stromboli, para dirigirnos al último de los hornos de Hefesto: el Etna, el más alto de los tres volcanes de nuestra particular ruta ignea y para ello íbamos a tener que superar uno de esos puntos marcados por su dificultad en las rutas marinas: el Estrecho de Messina.

Ahora domesticado, en tiempos mitológicos, este lugar que separa la Isla de Sicilia de la Península Itálica y los mares Tirreno e Ionio, era el lugar en el que vivían los monstruos Caribdis y Scilla, que vivían sumergidos y causaban grandes remolinos que se tragaban a las embarcaciones griegas. A ellos se enfrentaron triunfantes los argonautas y ante ellos perdió Odiseo a buena parte de su tripulación. Si, ya dejo el tema mitológico, que luego te me quejas de que no hablo del barco y la navegación.

Según nos explicaba Diego en una primera fase de la travesía algo más tranquila, el estrecho debe tener corrientes bastante fuertes que forman remolinos y en su parte norte la distancia entre ambas costas apenas supera la milla y media, eso, sumado al tráfico de grandes buques, pescadores de pez espada y los ferris que conectan Sicilia con Italia, hacían que navegarlo fuese a ser una experiencia complicada (no tanto como se lo fue al héroe de las guerras troyanas, seguro). Así que según nos íbamos acercando, con unas condiciones de viento y en la mar idóneas, Diego y su padre nos hicieron repasar maniobras que podríamos necesitar más adelante.

En cualquier caso lo más importante para cruzar sin problemas Messina ya lo había hecho Diego por la mañana. Resulta que la dinámica de las corrientes del Estrecho, respondía a las mareas en otro Estrecho: el de Gibraltar y, con esos datos en la mano más la previsión de en qué momento íbamos a tener el viento norte a nuestro favor, Diego ya había trazado la mejor ruta y sólo nos tocaba estar atentos al tráfico que entraba en el Tirreno.

El día ha pasado rapidísimo. En todo momento había algo que hacer y las condiciones han ido cambiando, desde momentos de calma chicha con navegación a motor en los que podíamos picar algo en cubierta a momentos de vientos cambiantes en los que íbamos cambiando de navegar en ceñida a hacerlo en orejas de burro y siempre con el motor en marcha para poder tirar de él en caso de que lo necesitáramos.

Ya se hacía de noche cuando dejábamos atrás la parte más estrecha del canal y nos dirigíamos a atracar en la Marina de Nettuno, justo antes de llegar al puerto de Messina, donde escribo estas líneas.

Hoy ha sido una jornada muy completa y nos queda por delante una noche en la que recuperar del esfuerzo en Stromboli, porque pasado mañana toca afrontar los más de 3.200 metros del gigante con el que cerraremos la ruta de los volcanes: el Etna. Como otras veces, soy el primero en rendirme. Nuestros almogávares parecen dispuestos a subirse otros dos strombolis… de hecho creo que Fran ya se subió esos dos Strombolis, subiendo y bajando corriendo para coger la toma correcta con su cámara. Y a padre e hijo no se les agota aun el saber náutico y las anécdotas de barcos.

Yo me duermo algo reconciliado conmigo mismo porque creo que estas últimas jornadas he estado más cerca del exigente nivel que pide esta aventura mediterránea y parece que haya sido hace meses en lío que armé en Nápoles.

Día 13 Messina – Riposto

Hoy ha sido una jornada bastante tranquila. Por la mañana, mientras Diego consultaba la predicción metereológica y dibujaba la ruta con Carlos, que se ha mostrado un hacha en esto, ya que está a acostumbrado a preparaciones parecidas en sus vuelos, hemos podido dar una vuelta por el puerto y tener alguna pequeña muestra del carácter siciliano.

A la vuelta, Diego nos ha explicado que finalmente no íbamos a recalar en Taormina, que es desde donde habíamos previsto iniciar el ascenso, porque no hay un puerto en la localidad, así que hemos tenido que bordear algo más la costa de la isla hacia el sur hasta el pueblo de Riposto.

El cambio apenas alteraba los planes, porque había unas pocas millas de distancia y enseguida nos pusimos en marcha, en una ruta paralela a una costa muy montañosa, cada vez más según nos acercábamos al gigante volcánico del Etna y que apenas dejaba una estrecha franja de terreno junto a una larga playa de arena gris, que los sicilianos habían aprovechado para el turismo, con edificios construidos sin solución de continuidad entre pueblo y pueblo.

Fran ha aprovechado la jornada que ha sido bastante tranquila para rodar planos de maniobras, así que Carlos y Raúl han tenido dosis triple de tirar de cabo mientras Fernando y yo les mirábamos desde la cabina para no salir en el plano y el Almirante me explicaba cuando lo hacían bien y cuando no.

Así, entre tomas de cámara y cursillo acelerado de como atar un cabo, llegamos a Riposto, donde, aprovechando la grabación, Diego nos ha explicado los procedimientos para comunicar con un puerto a la llegada del barco. Está todo muy pautado para evitar los problemas del idioma.

Mañana nos toca madrugar otra vez, que la subida al Etna no se prevé tan complicada como la del Stromboli, pero si más larga. Además, siendo un volcán tan activo, por lo que se ve, tenemos que tener margen por si algún camino ya no existe, una circunstancia muy tranquilizadora.

Carlos y Diego en el Etna

Dia 14: Subida al Etna

Hemos empezado el día con una de esas sesiones de logística que no salen en los documentales de ascensos a montañas, con búsquedas en Internet de alguna forma de transporte de Riposto al Refugio Sapienza, de donde parte la ruta de subida.

Finalmente lo única solución ha sido alquilar un coche para subir los cinco hasta el punto marcado. La carretera de subida, muy chula mientras aun veíamos vegetación, aunque subíamos muy despacio (el colchón de tiempo para el ascenso empieza a descontar minutos) porque había una barbaridad de tráfico. Está claro que hacer la Ruta de la Corona de Aragón en verano tiene ventajas (estamos ligando un bronce…) pero tiene el problema de la saturación de algunos sitios por el turismo.

Al llegar al refugio me ha sorprendido la escala del Etna y también que a lo que llaman refugio es en realidad un pequeño centro comercial para turistas, del que salen funiculares que llevan a un segundo refugio más alto.

Los almogávares pasan de funiculares (parecían tan cómodos…) así que toca atarse bien las botas, ceñirse las mochilas y a empezar una excursioncilla de 14 km y 1.300 metros de subida.

El primer tramo ha sido muy parecido al Stromboli, en el sentido de que había pequeñas rocas sueltas y mucha ceniza volcánica que dificultaba la subida y allí se concentraban las rampas más duras. Ha sido muy útil el consejo de estos de centrarse en pequeñas metas y no en la ruta completa. Esta vez he decidido subir un poco a mi ritmo y no estar a las paradas y a las instrucciones de Fran para las grabaciones. Así que si al final hacen documental o lo que sea, yo estaré entre los turistas, si me queréis buscar, el del gorro azul y gris, ese que me mandó el tío Pedro.

Siguiendo el consejo de los montañeros, llegué casi a la vez que ellos a la segunda parada, el refugio a donde llegan los funiculares. Los amigos sicilianos, contradiciendo la fama que les ha puesto el cine, son tan amables de poner unos autobuses cuatro por cuatro que llevan a los esforzados turistas hasta los cráteres. Reconozco que la tentación ha sido grande, pero en una pequeña parte porque estaba siendo una excursión muy alucinante y en otra gran parte porque los almogávares de la expedición, que ahora tenían una nueva adquisición con un Diego poseído por sir Mallory (pude reconocer los efectos de las ampollas de glucosa) dejaron muy claro que subirme a uno de los buses sería el equivalente a que me salieran plumas, pico y alas no funcionales…

El Etna se ha puesto de mi parte y ha aflojado en esta segunda etapa. Con una pista mucho mejor (aunque el polvo que levantaban los superbuses era un poco molesto) enseguida llegamos al último refugio… que el Etna se comió en 2002 en una erupción y ahora han sustituido por uno móvil.

Desde ahí se podía acceder a varios de los cráteres en un paisaje lunar que abarcaba todo el horizonte y daba la sensación de estar en otro mundo, sin vegetación, con las cenizas oscuras y algunas muy recientes, con la sensación de que la tierra está inquieta y con cosas tan extrañas como encontrarse hielo bajo una capa de lava solidificaba… y es que arriba hacía bastante frío (son 3.000 metros)

En la bajada si que tuvimos alguna ayuda mecánica (el funicular) porque todo el tiempo extra que no habíamos perdido en los atascos, lo perdimos contemplando apabullados el espectáculo que nos ofrece la naturaleza a la que creemos tener tan domesticada.

De regreso al barco, la vista del agua, aunque fuera el agua sucia de un puerto, nos ha curado un poco la mirada llena de ceniza que se nos había quedado de tanto volcán.

Esta noche no hemos hablado mucho.

Juan Sebastián Pym

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